«¿Que quién era mi padre?»
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Entrevista en español a Heela Najib, hija del expresidente socialista afgano.
Con sus padres en Belgrado, en 1978.
Damos con Heela a través de un amigo común. «¿Quieres que te ponga en contacto con la hija de Najibulá? Vive en Zürich». Pocos días después nos contará cómo era ser niña en aquel Afganistán del que aún se conservan postales en las librerías de Kabul, o cómo se convierte la hija de un presidente en refugiada. Pero volvamos al «año 0».
Heela dice que nació «en un día frío de noviembre» de 1977. Su madre es profesora y su padre acaba de completar estudios de ginecología, aunque lleva ya años de compromiso político muy activo. Se había incorporado al Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA) en 1965 a través de la entonces ilegal Unión Democrática de Estudiantes. Mohamed Najibulá es conocido tanto por su poderosa oratoria como por su talento físico para el levantamiento de pesas y la lucha libre. Le llaman «toro». Heela será la primera de sus tres hijas pero no es más que un bebé de dos meses cuando los comunistas se hacen con el poder tras asesinar a Mohamed Daud Khan. Este, a su vez, había derrocado a la monarquía cinco años atrás, aprovechando que el rey recibía tratamiento médico en el extranjero. Así es como se escribe la historia en Afganistán, donde ningún soberano es elevado al trono siguiendo la voluntad de sus súbditos. Shas, emires, reyes, presidentes y primeros ministros se suceden en el poder tras guerras, asesinatos o elecciones en las que los votos se recuentan durante meses hasta que le dan la razón al favorito. Nunca hay sorpresas. A los afganos solo les queda rezar para que su gobernante sea justo y clemente.
Transcurre el año 1978 cuando Najibulá se convierte en miembro de la junta comunista que gobernará el país, pero las luchas internas del partido lo acaban enviando de embajador a Irán para privarlo después de su cargo, e incluso de su ciudadanía. Se refugia con su mujer y su hija en Belgrado, y ahí es donde nace Onai, la segunda de las tres hermanas. Permanecerá en Yugoslavia hasta la entrada de los soviéticos en Afganistán en el 79; en enero de 1980 es nombrado director de los servicios secretos afganos, cargo que desempeñara durante seis años. Mientras tanto, Heela va al colegio en autobús «como cualquier otro niño». También roba tomates y pepinos a la salida en las huertas de enfrente de casa, antes o después de que su padre la lleve al Club de los Soldados, donde aprende a jugar al pingpong o al billar. Eso o pasar las tardes jugando al fútbol en su barrio de prefabricados soviético. Se llama Mikrorayon y dispone de los mejores restaurantes y supermercados de la ciudad. En la televisión hay dibujos animados rusos, pero también están Tom y Jerry, y hasta Los Barbapapa. O aquella popular serie sobre la mafia siciliana. «Octopus, creo que se llamaba. La veíamos todos juntos en casa los domingos».
Todo parece perfectamente normal pero no lo es. Imposible en un país que, según una creencia popular, se construyó con los retales inconexos que le sobraron a Dios tras la creación: unas montañas de siete mil metros por aquí, un desierto llano y hostil hasta donde alcanza la razón; entre ambos, un tapiz desenrollado de pastunes, tayikos, baluches, kirguises, uzbekos, hazaras, turkmenos y otras gentes de Oriente. Como siempre, la realidad no se aleja demasiado del mito: será en el sigo XIX cuando se dibujan las fronteras arbitrarias de un Estado obligado a convertirse en un biombo entre los imperios británico y ruso.
Las consecuencias de aquello también se dejaban notar en los ochenta del siglo pasado. «Creo que tenía cuatro o cinco años cuando entendí la idea de conflicto. Caían cohetes, había combates cerca de casa y los movimientos eran cada vez más restringidos». A la edad de seis, Heela ya es plenamente consciente de que la guerra puede hacer desaparecer a la gente de la vida de uno. La primera será Mastoura, su profesora favorita. Muere en un bombardeo. «Estaba embarazada de ocho meses. Sé que me traumatizó porque no quise volver al colegio. No quería ningún otro profesor que no fuera ella».
El 4 de mayo de 1986, Najibulá es elegido secretario general del Comité Central del PDPA: es el nuevo jefe del Estado. «Nos dijeron que nos mudáramos al complejo presidencial pero nos quedamos en una de las casas anexas. Mi vida cambió porque casi no tenía contacto casi con otros niños, solo con los de la gente que venía a visitarnos». Los rusos lo intentaron. El país llevaba bajo su órbita desde 1947 y, además de interferir en la política local hasta conseguir un gobierno afín, Moscú ayudó con generosas sumas de dinero y equipamiento, así como con la construcción de infraestructuras, muchas de las cuales siguen en pie: desde carreteras, túneles y puentes hasta barrios como el de Mikrorayon. Tras su entrada en diciembre del 79, los soviets bombardean o talan bosques para despejar el camino y eliminar a combatientes o masacrar civiles; vacían aldeas y secuestran a muchos, sobre todo mujeres a las que arrancan de la tierra desde helicópteros para violarlas. Las que sobrevivan serán rechazadas por sus familias. Pocas cosas hay más sagradas para los afganos que el honor.
Es en el 89 cuando Gorbachov ordena la retirada de las tropas soviéticas del país, pero los combates se intensifican entonces entre las fuerzas gubernamentales y los muyaidines, facciones rivales de todo el arco étnico, religioso y tribal de Afganistán. Como siempre, no se lucha por algo sino contra alguien, esta vez un improbable gobierno comunista al que Moscú ha abandonado a su suerte en un país imposible. Pesa también el que los afganos siempre tuvieran motivos para desconfiar de los extranjeros; de Alejandro Magno hasta los americanos, pasando por persas, árabes, mogoles, británicos y rusos. Incluso Hitler se planteó invadir Afganistán.
De vuelta en casa de los Najibulá, se levantan muros de hormigón alrededor del edificio y la familia abandona sus habitaciones en la planta alta para instalarse definitivamente en los bajos. Las niñas duermen en el comedor y los padres en el estudio. Los cohetes y bombardeos pasan de uno o dos al día unos treinta, o cincuenta. Luego se cierran todos los colegios de Kabul. «El aislamiento era casi total. Mi madre era profesora y se encargaba de las clases. Todo era cada vez más duro para nosotras y, claro, para todos los afganos».
Heela (primera por la izquierda) y la familia al completo en su residencia de Kabul.
Un tío de las niñas es embajador en India y Najibulá las manda con él a aprender inglés durante las vacaciones de invierno. La última foto de la familia en los jardines del complejo presidencial no aporta pista alguna sobre lo que está por venir. Ni la madre ni las niñas no volverán a ver a su padre. Es noviembre de 1991.
«Recuerdo que mi madre nos dijo que no volveríamos. Yo tenía catorce años y me costaba asimilar la idea de no volver al colegio, o a ver a mis amigos». En cuanto a su padre, Heela dice que la idea era que este se reuniría con ellas una vez se estabilizara el país. Pero aquello era misión imposible. Najibulá contacta en Italia con el destronado rey afgano para que ejerza de padre de la nación durante el proceso. También pide unas fuerzas de paz que la ONU nunca desplegará. Si bien gran parte de los muyaidines aceptan la idea del gobierno interino y la celebración de unas elecciones en un plazo de dieciocho meses, los acontecimientos se precipitan tras anunciar la ONU que Najibulá debe dimitir incluso antes de la formación del gabinete provisional. El gobierno comunista de Afganistán cae definitivamente en abril del 92, con su presidente refugiado en las dependencias de la ONU en Kabul. Fuera de aquellos muros, facciones de su propio partido combaten ahora junto a señores de la guerra para enfrentarse a aquellos que aceptaron la propuesta de un gobierno de transición.
«Nosotras estábamos en Delhi. Durante aquel primer mes de encierro pensábamos que nuestro padre vendría al día siguiente, o al siguiente. Eso era lo que nos decían. Pero el encierro dura más de cuatro años al calor de una guerra civil en la que se comprobó que aves migratorias como patos salvajes, grullas o garzas evitaron el país en su trayecto hasta Siberia. Durante casi un lustro, la comunicación entre la familia se limita a cartas o, en el mejor de los casos, a conversaciones por teléfono-satélite cuando algún internacional de la ONU visita las dependencias en Kabul.
En Los talibán (Península, 2000) Ahmed Rashid, escritor, periodista, así como uno de los mayores expertos en Afganistán asegura que, antes de la guerra, los islamistas apenas tenían apoyo entre la sociedad afgana; que fue el dinero y las armas aportados por la CIA y el respaldo de Pakistán el que les otorgó aquella enorme fuerza política. Según datos de ACNUR, la ayuda a los muyaidines entre 1986 y 1989 superó los mil millones de dólares. Fue durante aquellos años cuando descubrimos a nuestro hombre en Afganistán. Se llamaba Ahmad Sha Masud. De mirada negra y almendrada bajo un pakul —gorra de fieltro afgana-—cuidadosamente ladeado, Masud también lucía una barba que recordaba a la del Che. Era puro carisma, sobre todo cuando respondía a preguntas en francés o recitaba poemas a sus comandantes antes del combate.
Hasta diez grandes ofensivas llegó a lanzar el Kremlin sobre su valle del Hindu Kush donde vivía como un guerrillero-eremita. Pero Masud se anticipaba evacuando a la población y respondiendo con una guerra de guerrillas en la que era maestro. Para Occidente, Masud encarnaba al afgano que luchaba contra un invasor mucho más fuerte que él. Era cierto, pero no justificaba la proyección de valores sobre su leyenda que nada tenían que ver con su visión del mundo.
«Mi vida es el islam y la guerra», le resumió su ideario a Wojciech Jagielski, el mejor cronista polaco con permiso de Kapuscisnki. Y es que Masud era un señor de la guerra más, aunque nunca lo viéramos destruyendo Kabul o cometiendo atrocidades. No murió en combate sino que lo mataron dos tunecinos con pasaporte belga que decían ser periodistas. En mitad de una entrevista, detonaron una carga explosiva que escondían en la cámara, probablemente la única que no lo amó. Dos días más tarde caerían las torres en Manhattan. El que fuera el primer hito histórico del siglo XXI también fue el arranque de una nueva guerra en Afganistán.
Antes de que acabara la anterior, a finales de 1994, el país se había desintegrado en centenares de feudos regidos por señores de la guerra que habían luchado, cambiado de bando y luchado de nuevo en una serie de asombrosas alianzas e innumerables derramamientos de sangre. Fue entonces cuando unos estudiantes de teología —esa es la traducción de «talibán»— iniciaron una marcha triunfal hasta Kabul en tanques de cuyos cañones se ahorcaba a los enemigos. No pasaron ni mil días hasta que se hicieron con todo el país. La tortura y posterior ejecución de Najibulá fue su manera de escenificar el final de un conflicto y el comienzo de otro.
Tras la muerte de su padre, Heela se pone a trabajar con niños de la calle en Delhi con la organización de la madre Teresa de Calcuta. «Aquello me hizo entender que, en el fondo, era afortunada. Luego me planteé matricularme en Medicina. Mandé mi solicitud a países como Reino Unido o Australia, pero solo Suiza me concedió un visado». Es allí donde la joven cursa estudios de Relaciones Internacionales. Le impresionaba el trabajo de la Cruz Roja, así que visita su museo en Ginebra. Luego pide trabajo en la organización.
«El problema era que ni hablaba francés ni tenía un permiso de residencia permanente. Me recomiendan que busque en el extranjero, así que volví a India para trabajar con la federación internacional de la Cruz Roja». De ahí a Nepal, a Bangladesh, Camboya, Sri Lanka o Bangkok, siempre centrada en temas de migración o víctimas del tráfico humano. Tras doce años como trabajadora humanitaria, hoy está centrada en su tesis sobre reconciliación que desarrolla desde la Universidad de Zürich.
La familia ya en el complejo presidencial de Kabul, en 1987
En cualquier caso, no dejaba de ser un personaje controvertido. Durante sus seis años como jefe de la Inteligencia afgana, el presupuesto del departamento aumentó de forma espectacular gracias a los fondos de Moscú, y también la eficacia de un servicio ahora entrenado por activos del KGB y la Stasi. Hasta la fecha, sigue sin haberse conducido un informe contrastado sobre el número de represaliados, por lo que las cifras se inflan y desinflan según quien sople el globo.
«Todo el mundo me lo pregunta», admite Heela. «Hay gente en Twitter que asegura haber visto con sus propios ojos a mi padre desollar a alguien o sacarle un ojo con una cuchara; casi siempre historias que se antojan imposibles desde un punto de vista clínico. Aquellos años fueron los más calientes de la Guerra Fría y, por ende, de la propaganda. Había leyes, un procedimiento, sentencias de muerte que necesitaban de su firma, así como la del presidente o el ministro de Justicia. Pero de ahí a decir que mi padre participaba directamente en torturas hay un abismo».
Heela dice que no ha vuelto a Afganistán desde que se fue a Delhi con su familia en el 91, que no había opciones de sobrevivir sin un padre, un marido, un tío o cualquier figura masculina que la protegiera. «Antes de casarme siempre pensé en cómo podría haber sobrevivido como una mujer soltera en Afganistán. Ahora, como madre de mi hija Nawa, me pregunto cómo sería para ella». A pesar de todo, la hija mayor de Najibulá nunca dejó de mirar a la tierra en la que nació. Ha publicado multitud de artículos así como un libro en el que disecciona el proyecto de reconciliación nacional de su padre. «Era una actuación a varios niveles: se buscaba un diálogo con las fuerzas políticas, pero también con los líderes tribales y otros agentes clave de la sociedad afgana. Al final, fuerzas tanto internas como externas se encargaron de que el proyecto fracasara, pero sigo pensando que podría aportar mucho al proceso de paz actual». Se trata de un discurso que ha repetido en multitud de conferencias y think tanks sobre posibles soluciones al conflicto afgano. «Entre otras muchas cosas, me he dado cuenta de que Washington solo quiere irse, como hicieron los rusos antes. Encontrar una solución duradera a este círculo vicioso nunca fue un objetivo».
«El de Afganistán no era, ni mucho menos, el comunismo soviético; no era la Revolución de Octubre a la afgana ni se rendía pleitesía a la figura de Lenin. Se rezaba, se ayunaba durante el Ramadán y se celebraban las festividades religiosas, incluso el Newroz (el año nuevo persa), cosa que no ocurría en la URSS. Por supuesto, aquellos clichés se retroalimentaban en las campañas de propaganda de la Guerra Fría». ¿Errores cometidos por los revolucionarios afganos? Heela destaca dos: «Expropiaron tierras para repartirlas entre los granjeros, pero los terratenientes, que eran líderes tribales, perdieron poder, y eso generó mucha animosidad. Por otra parte, querer educar a las mujeres en igualdad era demasiado radical para una sociedad tan tradicional y conservadora. Para cuando mi padre llegó al poder ya se había reconocido públicamente que no se podían forzar cambios en una sociedad que no estaba preparada para asumirlos».
A día de hoy, los apartamentos del barrio soviético en el que crecieron las Najibulá siguen estando entre los más cotizadas de Kabul. El resto, o no ha sobrevivido a las mil y una guerras de Afganistán o la corrupción los condenó a no alzarse nunca de sus planos. Heela dice que le encantaría volver a sacar la cabeza por la ventana de su antigua habitación y, sobre todo, visitar la tumba de su padre. Esto último será lo más complicado porque sus restos yacen en una pequeña aldea hoy bajo control talibán. Da igual. Se resiste a dejar de soñar con cerrar algún día ese capítulo de la historia. La suya propia.
Últimos días juntos, en octubre de 1991
Fotografías cedida por Heela Najib.
UN FIN SANGRIENTO
Asesinato de un presidente: cómo la India y la ONU se arruinaron por completo en Afganistán
Fuente: QUARTZ INDIA
Mohammed Najibullah Ahmedzai fue el presidente de Afganistán entre 1987 y 1992. Los talibanes, que capturaron la capital, Kabul, en septiembre de 1996, lo ejecutaron y brutalizaron su cuerpo bajo la mirada internacional. El siguiente extracto describe los dilemas políticos, diplomáticos y morales a los que se enfrentaron las Naciones Unidas, la India y varias fuerzas afganas en el período previo al asesinato de Najibullah.Najibullah era un hombre solitario en la mañana del 17 de abril de 1992. Su única oportunidad de escapar de Kabul, alrededor de las 3 a.m., había fallado miserablemente. Esperando unirse a su esposa e hijas, que se habían marchado dos semanas antes para Nueva Delhi, había planeado un vuelo secreto a la India junto con Benon Sevan, jefe de la división de ayuda humanitaria de la ONU a Afganistán. Para evitar que las relaciones bilaterales entre India y Pakistán empeoren aún más sobre Najibullah, Sevan ya había tomado al primer ministro pakistaní Nawaz Sharif en confianza antes de solicitar a India que conceda asilo político al asediado presidente afgano. Al primer ministro de la India, Narasimha Rao, le había llevado menos de una hora comunicar que la India alojaría a Najibullah como huésped estatal en Nueva Delhi. En esa fatídica mañana, sin embargo, conduciendo con su guardaespaldas armado y un equipo de oficiales de la ONU, se le negó la entrada al convoy de Najibullah al aeropuerto de Kabul. La contraseña que usó durante el viaje desde su casa al aeropuerto no funcionó en el penúltimo punto de control. El aeropuerto estaba bajo el control de Abdul Rashid Dostum, un afgano de origen uzbeko, que dirigió una milicia local contra los muyahidines en la provincia norteña de Jowzjan, y había recibido patrocinio político, financiero y militar de Najibullah. En un "comodín" total, como lo define el entonces embajador indio en Kabul, Vijay K Nambiar, Dostum se volvió hostil hacia su patrón y cerró el aeropuerto durante las siguientes 24 horas. En la pista del aeropuerto había un avión, y en el avión esperaba Sevan. Los hombres de Dostum habían decidido no tomar el avión, Después de un intercambio furioso de abusos y amenazas impotentes a los hombres de Dostum, Najibullah giró su convoy. Pero él no volvería a casa. Temía que la gente que saboteó su escape no lo dejara vivir. Su ministro de seguridad del estado, el general Ghulam Faruq Yaqubi, fue encontrado muerto en su casa. Mientras algunos alegan que se suicidó, Nambiar, que estuvo en contacto con Najibullah y sus controladores de la ONU, no descarta el asesinato. De cualquier manera, Najibullah fue escoltado al complejo de la ONU en lugar del palacio presidencial.
Amigos que abandonaron
No solo Dostum, la mayoría de sus partidarios también habían abandonado a Najibullah. El ministro de Relaciones Exteriores, Abdul Wakil, y el jefe del ejército, general Mohammad Nabi Azimi, interesados en su propia supervivencia política y física, quisieron ofrecer a Najibullah como prisionero de las fuerzas muyahidines que avanzaban. Se habían apresurado al aeropuerto para recibir noticias del intento de fuga de Najibullah y le pidieron a Sevan que bajara del avión para evitar más vergüenza y posible violencia (querían que Sevan estuviera vivo y seguro dada su conexión con la ONU). Wakil, acompañado por muchos otros miembros del partido Watan, criticó a Sevan por tratar de sacar a Najibullah de Afganistán en secreto. En su próximo paso, un enfadado Wakil envió una transmisión nacional a través de Radio Kabul declarando que "Najibullah trató de escapar pero fue detenido por las fuerzas armadas
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Se le debe obligar a responder determinadas preguntas al pueblo afgano. El gobierno no tenía intención de matarlo. Los soldados en el puesto de control podrían haberlo matado, pero no lo hicieron ". En cuestión de horas, Najibullah se había convertido en un" odiado dictador "para Wakil, y Massoud, que dirigía a los muyahidines a Kabul, se había convertido en su" estimado hermano ". " Sevan había querido salvar a Najibullah de exactamente ese destino. El plan fue elaborado con la aprobación política del liderazgo indio. Aproximadamente a las 3.20 a.m., los encargados de la ONU de Najibullah informaron a Nambiar sobre la repentina intransigencia de Dostum, y a las 4.35 a.m. Nambiar informaron prontamente al complejo de la ONU. Fue el primer embajador en reunirse con Najibullah esa mañana. Tales eran las expectativas de la ONU e India (o error de cálculo en retrospectiva) de que no habían pensado en un "plan B", en caso de que el plan de exfiltración fallara. Aún así, al ser presionado por los oficiales de la ONU, Nambiar acordó buscar darle asilo a Najibullah en el complejo de la embajada india con la condición de que la ONU hiciera una solicitud oficial para el mismo. Usando una "radioafición" que estaba disponible para él en ese momento (solo la ONU tenía un teléfono INMARSAT), Nambiar contactó a Nueva Delhi para informar sobre los acontecimientos y solicitó la autorización oficial para alojar a Najibullah en su complejo residencial. Sin embargo, proteger a Najibullah y su familia en Delhi era una cosa, pero darle protección en el complejo de la embajada india en Kabul, y otra muy distinta. A las 5.15 a. M., India se negó a conceder asilo a Najibullah en su embajada. Nambiar argumenta que "él [Najibullah]era mucho más seguro en el complejo de la ONU [al refugiarlo en la] misión india, de repente habríamos entrado en todo tipo de rivalidades subcontinentales, y los problemas nos habrían visitado y no había forma de que pudiéramos esperar razonablemente seguridad y protección para Najib en el complejo indio. "Nueva Delhi estaba preocupada por posibles represalias contra la comunidad india en Kabul si la gente descubría que Najibullah se escondía en su embajada.
Asilo: Dar o no dar
JN Dixit, que fue secretario de Relaciones Exteriores de la India (1991-94) y defensor de Najibullah a principios de la década de 1980, estaba preocupado de que ofrecerle protección en la embajada complicaría aún más la situación desde el punto de vista político. Es posible que India nunca pueda establecer relaciones sólidas con los muyahidines en una nueva nota. Dixit no pudo expresar este dilema abiertamente. Hubo muchos en la India que querían darle asilo a Najibullah con el argumento de que solo tenía 44 años de edad con distritos electorales políticos entre las comunidades pastunes, y argumentaron que renunciar a él implicaría capitular ante los muyahidín. El propio Najibullah le había confiado anteriormente a Nambiar que podría influir en la política afgana, aunque fuera de manera limitada, desde fuera de Afganistán más que desde adentro, frente a la desintegración soviética. Los restantes elementos seculares y nacionalistas del Hizb-e-Watan, se calculaba, permanecerían en Afganistán y estarían representados en un gobierno de coalición que la ONU estaba tratando de conjuntar. Sin embargo, hubo otros en la India que argumentaron que dar asilo a Najibullah enfurecería aún más a los líderes muyahidines, algo que la India debería evitar. La suposición era que una vez que la ira se asentó, los mujahideen no desecharían una relación beneficiosa con la India. Atrapada en una situación incómoda, la India no se comprometió hasta que el secretario general de la ONU, Boutros Boutros-Ghali, realizó una visita no programada a Nueva Delhi el 22 de abril de 1992. El único objetivo de Boutros-Ghali era empujar a Rao a tomar la iniciativa y exiliar Najibullah Kabul (a pesar del fallido intento de la ONU) y darle asilo en la India. Después de seis días de deliberación sobre la solicitud de Boutros-Ghali, que incluyó conversaciones detalladas sobre posibles opciones entre Najibullah y Nambiar, el ministro del Interior, SB Chavan, anunció públicamente que la India estaría dispuesta a albergar a Najibullah "si así lo desea." Jugando en una situación donde Najibullah "Deseo" fue el último elemento que habría ayudado a su causa, ya sea política o personalmente, la declaración apestaba a precaución política. A la luz de las nuevas circunstancias, la India calculó que dar asilo a Najibullah podría resultar prohibitivamente costoso en términos políticos. Si Najibullah hubiera escapado con éxito, entonces la India podría haberlo ofrecido como un hecho consumado a los muyahidines. Ya no. India se negó a llevar a cabo una operación encubierta de seguimiento, por aire o de otro modo, para sacar a Najibullah de Kabul. Con los muyahidín formando un gobierno internacionalmente reconocido pero prácticamente disfuncional, emprender una operación de ese tipo equivaldría a socavar la soberanía afgana. Boutros-Ghali fue informado de que la India estaba preparada para enviar un avión a Kabul solo si la ONU lo solicitaba oficialmente, y solo después de que la ONU alcanzara un acuerdo político con Pakistán y los muyahidín sobre el tema. Pero, como lo alentaba la ONU, India no "espiraría" Najibullah subrepticiamente. "Tuvimos discusiones sobre varias posibilidades con Najib [quien] sabía que no podía presionar a la India para que tomara cualquier tipo de acción cuasimilitar como esta. No fue posible a menos que ya haya sido discutido y negociado [con los muyahidines y Pakistán] ", dice Nambiar. Y en ese momento, India sabía que las negociaciones con los muyahidín no funcionarían, especialmente después del fallido intento de fuga. De cualquier manera, con un Rao conservador como Primer Ministro de un gobierno minoritario y los problemas económicos actuales de la India, una operación encubierta como esa no era una opción factible. Como dijo Nambiar, "no queríamos hacer algo extravagante y quedar atrapados con los pantalones bajados". Después de años de partidismo hacia los muyahidín, tras la brusca salida de Najibullah, la lógica de la conciliación comenzó a resonar en los corredores de la India. de poder. Además de mantener su promesa de apoyar a la familia de Najibullah en Delhi, la India no hizo nada más.
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El ignominioso final del caso Najibullah subrayó los límites de la influencia y la capacidad tanto de la India como de la ONU para configurar los acontecimientos sobre el terreno. El final de la influencia soviética en Afganistán y las tensiones económicas de la India a principios de la década de 1990 limitaron severamente las opciones políticas de Nueva Delhi en Kabul. Como un oficial de R & AW recogido años después, "Dixit y la pandilla tenían la culpa de no salvar a Najibullah. Enviamos el avión [en el que Sevan esperaba Najibullah, pero que no era en realidad un avión indio] a Kabul pensando que los muyahidín lo dejarían ir. Le dijimos al mundo que nos llevaríamos a Najib, pero no entendimos a Dostum. No deberíamos haber esperado tanto para sacarlo ". Nambiar coincide en que Najibullah podría haber abandonado Kabul un poco antes, pero culpa a la ONU, especialmente a Sevan, por su exceso político y operativo: no olvidemos que este [Najibullah exfiltrador] es realmente algo que debe hacerse bajo propiedad nacional. Si crees que puedes llevar tales cosas y moverte, entonces debes tener la capacidad física para hacerlo. Debes tener botas en el suelo. Es por eso que incluso Najibullah había dicho, 'queremos botas en el suelo', botas de la ONU en el suelo.
Una presencia inquietante
Dostum, muchos años después, le dijo a un oficial de inteligencia indio que si Nueva Delhi hubiera pagado sobornos adecuados, Najibullah podría haber sido un hombre libre. Incluso si uno está de acuerdo en que los líderes indios se sintieron culpables por renunciar a Najibullah, el argumento de Dostum de que India tenía la capacidad de sobornar a los hombres de Dostum para que dejaran escapar a Najibullah en esas circunstancias, no logra convencerlos. Ni India tenía las capacidades requeridas, ni Dostum (que había hecho un trato con Massoud) la voluntad política de dejar ir a Najibullah. "Ese criminal Najibullah en quien confiamos, nos vendía por su propio interés", había bramido Dostum en mayo de 1992 cuando los periodistas indios pidieron aclaraciones sobre su postura. Najibullah había cometido el error de crear primero una milicia independiente dirigida por Dostum, y luego tratar de controlarla cortando suministros para mantener la fuerza de su milicia en un máximo de 10.000 hombres, ambos por necesidad ya que los fondos de Moscú se estaban secando, pero también por deseo, a fin de mantener las ambiciones políticas de Dostum bajo control. El plan fue boomerang. El fantasma de Najibullah, al igual que su bête noir Sarwari, perseguiría a la India. De hecho, en 1994, India envió al diplomático senior, MK Bhadrakumar (que fue director, 1989-91, y secretario adjunto, 1992-95, del departamento de Pakistán, Afganistán e Irán al ministerio de asuntos exteriores), a reunirse con Massoud en Kabul. El entonces secretario de asuntos exteriores de la India, Krishnan Srinivasan le había pedido a Bhadrakumar que consolidara las relaciones de la India con las autoridades en Kabul, reabriera la misión de la India allí y pidiera a Massoud que dejara que Najibullah volara a la India (aunque se trataba de un problema secundario). Massoud se negó es muy posible que el líder de Panjshiri quisiera asegurarse de que Najibullah no se convirtiera en la "carta de triunfo" de Nueva Delhi en Afganistán, y quería reservar ese lugar para sí mismo.
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La política pro-Najibullah Afganistán de la India, como se refleja en esos momentos altamente tensos pero claros como el cristal, terminó en fracaso. La incapacidad de Nueva Delhi para proteger a Najibullah, además, le valió la etiqueta de ser un vecino renuente y oportunista que abandonó a su único aliado en Kabul en busca de nuevas alianzas.
Extraído del libro de Avinash Paliwal My Enemy's Enemy: India en Afganistán de la invasión soviética a los Estados Unidos. Retiro con permiso de Harper Collins India.
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