domingo, 2 de diciembre de 2018

Nosotros matamos a vuestros siete espías en Irak



La confesión del comando de insurgentes iraquíes que se atribuyó el asesinato de siete agentes del CNI en 2003

  • Dicen que fue un 'ataque de fortuna': no sabían que quienes iban en los coches eran españoles ni espías
  • Los reporteros lo cuentan en 'La semilla del odio', su segundo libro, sobre su experiencia en la guerra de Irak y cómo vieron allí nacer al Estado Islámico

Fuente: elmundo.es




"Usted me debe de odiar por haberlos matado". Abu Abdurrahman pronunció la frase sin desviar sus ojos de los míos, en un pueril duelo de miradas que ambos manteníamos desde el inicio del encuentro. Nos sentíamos incómodos pero nos parecía necesario estar cara a cara, aunque por motivos distintos. Para él se trataba de cumplir con la palabra que le había dado a mi "padrino" cuando este le rogó que me recibiera, en aquel desvencijado apartamento de Qudsiya, un suburbio de Damasco que ya se había ganado el apodo del "pequeño Irak" por el número de refugiados que acogía. Para mí, se trataba de conocer la verdad sobre la emboscada que se cobró la vida de siete agentes del CNI en noviembre de 2003, en Latifiya. 

Hay historias abiertas, retazos de la realidad a las que el periodista se aproxima para no volver a saber nunca sobre su evolución. Suele ser lo habitual. Pero en ocasiones surgen otras a las que un golpe de suerte, la casualidad, o ambas cosas, facilita que el reportero pueda eventualmente ponerle un punto y final. Y esta es una de ellas.

Todo comenzó con una emboscada en la que perdieron la vida siete españoles, entre ellos Alberto Martínez, y con las imágenes de sus cadáveres siendo ultrajados por una masa enfervorecida. Siguió con un vídeo que llegó a mis manos en marzo de 2004, en una remesa de grabaciones de grupos insurgentes que algunos amigos iraquíes habían conseguido en sucesivas visitas a las mezquitas.

Varios civiles, entre ellos críos, pisoteaban unos cadáveres demasiado conocidos en plena noche
El CD era tan anodino como el resto: un disco compacto sin etiquetar, con una palabra en árabe manuscrita con rotulador permanente. Comenzaba con las previsibles imágenes de protestas civiles reprimidas a tiros por las tropas ocupantes para pasar a exhibir el poder militar del grupo que lo había grabado-lanzaderas artesanales de misiles, lanzagranadas, fusiles- y sus acciones: 15 tanques destruidos, 36 Hummers calcinados, 11 transportes blindados arrasados, 41 helicópteros abatidos... Imposible distinguir entre realidad y propaganda. Pero tras la sucesión de explosiones, unas imágenes llamaron poderosamente mi atención. Varios civiles, entre ellos críos, pisoteaban unos cadáveres demasiado conocidos en plena noche, a pie de carretera.

"El 29 de noviembre de 2003, el escuadrón Al Hamza de la sección Al Tafira al Mansura, perteneciente a Ansar al Sunna, vigiló y persiguió a dos coches de la inteligencia española cuando regresaban de Hilla -recitaba una voz en árabe, con tono de parte militar-. Tendieron una trampa perfecta a la altura de Latifiya y pudieron atacar a ambos coches. Dentro iban ocho personas, mataron a siete y al octavo le hirieron de gravedad. En el ataque decomisaron armas automáticas y cámaras. Todos los combatientes regresaron con vida".
Ansar al Sunna, los Seguidores de la Tradición del Profeta, una agrupación armada suní que se perfilaba como una de las más poderosas y radicales del nuevo y caótico Irak, reivindicaba así las muertes de los siete agentes en el peor golpe sufrido por España durante su participación en la ocupación. Las imágenes de los cadáveres habían dado la vuelta al mundo, las había captado Sky News una hora después del ataque y no suponían prueba alguna de que la autoría correspondiera a Ansar al Sunna, como reclamaba el grupo. Pero el vídeo guardaba otra sorpresa: varias tarjetas de crédito españolas y tres documentos de identidad me provocaron un vuelco en el estómago. Uno era un carnet de conducir español a nombre de Luis Ignacio Zanón Tarazona. Otro, una credencial expedida por la Coalición Provisional para Irak a nombre de Luis Zanón. El último documento correspondía a Alberto Martínez González, el jefe de la misión. Eso sí era una evidencia.

En España se había afirmado que los atancantes habían sido arrestados y que habían confesado
En España se había afirmado que los atacantes habían sido arrestados y que habían confesado su crimen y sus vínculos con el Baaz. Sin embargo, cuatro años después, el destino me conduciría al jefe del escuadrón de Ansar al Sunna que aseguraba haber ejecutado el ataque contra los agentes. Sólo accedió a hablar por deferencia a mis "padrinos" iraquíes, pero el temor de enfrentarse a una trampa que derivase en su detención era evidente.

Cuando llegué a la destartalada vivienda que albergó nuestro encuentro, Abu Abdulrahman me aguardaba con resquemor. Estaba incómodo e impaciente por terminar. Su rostro despedía desconfianza, aunque también cierta curiosidad por la española que tanto insistía en verle. El encuentro había sido pactado tras interminables gestiones de una tercera persona, que respondía de mi integridad como periodista y con el suficiente carisma entre las redes de la insurgencia suní como para poder solicitar favores tan extraordinarios como el que estaba a punto de consumarse. 
Abu Abdulrahman había accedido tras semanas de dudas. La obligada amabilidad árabe le llevó a invitarme a tomar asiento y ofrecerme té. Mientras volteaba la cucharilla y dejaba a mi traductor las formalidades de la presentación, aquel hombre -bigote canoso, ojos color avellana, bajo de estatura y constitución compacta, rozando el sobrepeso- dispuso del tiempo suficiente para observarme atentamente antes de pronunciar palabra. Pero no dio rodeos cuando comenzó a hablar. "Usted me debe de odiar por haberlos matado. Me dijeron que uno de los agentes era su amigo", lanzó pausadamente, esperando una reacción. 

Tragué saliva y le clavé los ojos. Esperaba algo similar porque la persona que había acordado la cita había sido sincero con ambos. Tenía la respuesta preparada desde hacía semanas, cuando supe que existía una posibilidad de encontrarnos. "Vengo como periodista. No estoy aquí para juzgarle, sino para conocer qué ocurrió y por qué ocurrió. Se han dicho muchas cosas en España y me gustaría saber la verdad". Le sostuve la mirada, a la espera de que no lo interpretara como un desafío sino como un gesto de sinceridad. Reflexionó unos segundos antes de asentir, apesadumbrado.

Vestido con un chándal azul con rayas rojas de mala calidad, Abu Abdulrahman se arrellanó en el sofá. Su aspecto hacía pensar que no rebasaba los 40 años, pero las arrugas de su rostro le sumaban varios más. Parecía un individuo tosco, de escasa cultura pero profundas convicciones religiosas. Se definía como salafista, una de las corrientes más conservadoras del islam suní, lo que explicaba que en ningún momento me estrechase la mano ni mantuviese ningún tipo de contacto físico. Tras terminar el té y las formalidades, musitó una sura del Corán antes de iniciar un relato que se extendería casi dos horas.
"En aquel tiempo, controlábamos la zona en colaboración con otros grupos. Al mío le correspondía el tramo de la carretera que pasa por Latifiya, y al Ejército Islámico de Irak el tramo que atraviesa Mahmudiya. Mis hombres estaban apostados en tres puntos diferentes de la vía, divididos en tres grupos y separados por un centenar de metros, mientras que yo patrullaba con mi coche para controlar el paso de vehículos militares y extranjeros. Las órdenes eran darles el alto, y si no paraban, dispararles", comenzó a desgranar ante la atenta mirada, casi bovina, de dos combatientes jóvenes que le observaban absortos y admirados.

"Eran un blanco fácil"













Uno de los coches de los agentes españoles, calcinado.
"Cualquier coche conducido por extranjeros era objetivo. Aquel día no había mucho tráfico, y vi dos todoterreno blancos. Conducían muy rápido, y cuando se acercaban a zonas civiles aminoraban la velocidad. Eran un blanco fácil. Los perseguí seis o siete minutos, hasta que se acercaron al tramo donde estaban escondidos mis hombres", prosiguió. Le pedí que me hiciera un plano para comprender exactamente las distancias, la orientación y las posiciones. Asintió mientras me pedía, con una seña, una de las páginas de mi cuaderno y esbozaba un croquis de la carretera para especificar la posición de cada uno de sus combatientes.
Abu Abdulrahman parecía embebido en el relato, como si tuviera cierta necesidad de desembarazarse de ciertos recuerdos. Dibujaba pequeños monigotes representando a sus combatientes sin titubeos, así como la posición de los coches. "Cuando estuvieron a tiro, di la orden de que abrieran fuego". (...) "Creo que dispararon durante 10 minutos. Los ocupantes del primer vehículo no tuvieron oportunidad de defenderse. (...) Pero del segundo coche saltó un hombre con una ametralladora corta. Estaba herido en la pierna y quería escapar. Se refugió en una tienda cercana. Tres de mis hombres fueron a darle caza. Me dijeron que lo habían rematado".
Abu Abdulrahman desconocía que José Manuel Sánchez Riera salvó la vida. Cuando se lo conté, sacudió la cara de puro asombro. " ¿Sobrevivió? ¿Cómo?". Aduje que no tenía detalles, para eludir problemas. "Nos sorprendió mucho lo mal preparados que estaban. Los coches no estaban blindados. No recuerdo que nos devolvieran el fuego, y luego pudimos comprobar que no tenían armamento defensivo, sólo armas cortas que no pueden medirse con un fusil Kalashnikov". No pude evitar rememorar en voz alta una escena que podría explicar semejantes carencias. Meses antes de la emboscada, encontré a Alberto, aún jefe de la inteligencia española en Bagdad, con un mayúsculo enfado. "Me han detenido los estadounidenses, han registrado mi coche y me han requisado las armas salvo mi pistola de servicio. Dicen que no estoy autorizado a llevar armas largas. ¡Somos sus aliados! ¿Cómo nos pueden desarmar, sabiendo a qué nos exponemos?", me dijo entre aspavientos.
Tras escuchar la historia, el jefe del comando volvió a mostrarse abatido. Parecía que el conocimiento de las circunstancias pesaban en su conciencia. Decía tener la escena grabada a fuego. "Yo había observado toda la operación de pie. Cuando callaron las armas, observé al conductor del primer coche muerto, tendido sobre el asfalto. La persona que se sentaba detrás de él había muerto dentro del vehículo y un brazo le colgaba de la ventanilla. El copiloto tenía la mitad del cuerpo fuera del vehículo, y el cuarto cadáver estaba tendido en el barro. El segundo coche estaba en llamas. Les quitamos todo: documentos, armas, ordenadores, botas... Apenas tardamos 10 minutos por temor de que llegaran los americanos, que tenían nuestra zona bajo su responsabilidad. Nosotros nos fuimos cuando los vecinos se arremolinaron en torno al coche. Para ellos se trataba de espías extranjeros, y celebraron sus muertes bailando y pisoteándolos. Los cadáveres se quedaron allí durante horas, y nosotros nos marchamos a nuestras casas. Cuatro horas después, nos reunimos con el emir para examinar lo que les habíamos quitado y vimos sus documentos de identidad".





¿Remordimientos?

Le pedí una pausa en el relato con la excusa de tomar notas. En realidad, me costaba digerir la situación. Cabía la posibilidad de que Abu Abdulrahman se hubiera inventado la historia, aunque resultaría sorprendente que pretendiese asumir la muerte de siete personas sin ser responsable. Su atisbo de remordimiento, más que por las víctimas por el hecho de entrevistarse con una compatriota de las mismas, me convencía de su autenticidad. El iraquí habría preferido no saber, no familiarizarse con sus muertos, no ponerles cara. Pero ahí estaba la casualidad para rememorar hasta el más ínfimo detalle de su acción de guerra. Su voz ronca sonaba a disculpa. "Al acabar la euforia de la operación, me sentí mal. Dios no nos creó para matar, sino para vivir. Cuando vi los cuerpos me dio pena. Pensé en sus familias, en cómo habían sido engañados por su Gobierno para invadir nuestro país. Pensábamos que eran americanos, pero cuando descubrimos que eran españoles no hicimos diferencias". Pensé con íntima satisfacción que todo crimen termina pesando en la conciencia, incluso en tiempos de guerra.

La confesión del cabecilla

Plano del ataque. En una página del cuaderno de la periodista, Abu Abdulrahman (en la foto) dibujó cómo transcurrió el ataque a los dos todoterrenos en los que viajaban los ocho españoles. "Mi grupo controlaba el tramo de la carretera que pasa por Latifiya. Mis hombres estaban apostados en tres puntos de la vía [en la imagen, puntos 1, 2 y 3], divididos en tres grupos y separados por un centenar de metros, mientras que yo patrullaba con mi coche para controlar el paso de vehículos militares y extranjeros". Él dio la orden de abrir fuego.
Monigotes y balas. "Los que estaban en la segunda posición dispararon con dos ametralladoras y varios Kalashnikov contra el primer coche", dijo, señalando con su gastado bolígrafo este grupo de monigotes y comenzando a trazar minúsculas rayas emulando una lluvia de balas.
La 'zona de la muerte'. "El otro grupo [1] abrió fuego contra el segundo vehículo. Entonces el primero derrapó y se quedó atravesado en la carretera [4]. Ambos se detuvieron en lo que llamábamos "la zona de la muerte", un ángulo de tiro perfecto para todos mis hombres. Todos abrieron fuego al mismo tiempo, dispararon toda la munición que tenían. Creo que dispararon durante 10 minutos".
El superviviente. "Los ocupantes del primer vehículo no tuvieron oportunidad de defenderse, no había en la carrocería ni un solo centímetro que no estuviese agujereado. Pero del segundo coche saltó un hombre con una ametralladora corta. Estaba herido en la pierna y quería escapar. Se refugió en una tienda cercana. Tres de mis hombres fueron a darle caza. Me dijeron que lo habían rematado".

Experto en descifrar claves. José Manuel Sánchez Riera quiso ser militar, como su padre. Criado en el barrio madrileño de Carabanchel, entró en la academia de radiotelegrafistas del Ejército del Aire. Muchos acabarían siendo controladores de vuelo civiles, pero José Manuel aceptó una oferta del Cesid –actual CNI– para entrar en el Centro de Comunicaciones. Facilitaba que agentes en el extranjero hablaran con la sede central y escuchaba las conversaciones que embajadores de países golfos mantenían en su despacho, sin saber que agentes operativos les habían escondido micrófonos. 
Atentado en Irak. Los agentes destinados en el extranjero con misiones arriesgadas llevan a un radiotelegrafista para que garantice la seguridad de sus comunicaciones. José Manuel consiguió en 2003 una plaza en Irak, donde había varios equipos desplegados para proteger a las tropas españolas destinadas tras la invasión estadounidense. El 26 de noviembre llegó con tres compañeros para hacer una visita por el país antes de relevar a los que estaban allí en las siguientes Navidades. Tres días después, los rebeldes atentaron contra los ocho agentes en uno de sus desplazamientos. Todos murieron, menos Sánchez Riera. Cuando la turba iba a reventarle a golpes, apareció un imán que le salvó la vida con un beso en la cabeza, signo de amistad. 
Nueva vida. Una situación tan dramática le provocó el síndrome de estrés postraumático y tras un tiempo abandonó el servicio de inteligencia. Acompañado de su familia, se ha desplazado a Valencia, donde estudia en la universidad y preside la Asociación de Víctimas contra el Terrorismo. Hace unos meses reivindicaba sus objetivos: “Nuestra misión es el mantenimiento de la memoria de lo ocurrido y de lo que puede ocurrir”.

Los caídos del CNI: despropósitos y negligencias mortales

Hoy justo hace quince años, fue en 2003, que en el lejano Irak murieron ocho agentes del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) español. Vaya por delante nuestras más sinceras condolencias a sus familiares, que sin duda los tienen presentes todos los días; no creemos que lo hagan los responsables de su muerte.
Dicho lo cual, y como vamos a ver, sus fallecimientos se podrían haber evitado si lo hubieran sido, como debió ser, el cúmulo de despropósitos y negligencias que provocaron tan funestas consecuencias, por las cuales los negligentes aún hoy en día no sólo no han pagado –excepción hecha de los propios fallecidos que también las cometieron–, sino que ni siquiera han entonado un breve mea culpa o pedido las más mínimas disculpas, lo que pone en evidencia su miseria, ruindad y cobardía.
Para justificar, explicar y que se pueda entender lo que seguro que a muchos les ha sonado duro, hay que empezar por ponernos en antecedentes; que es además, donde comienzan los despropósitos y las negligencias.

Los comienzos


Almirante Moreno Barberá

En 2003 era Presidente del Gobierno José María Aznar; ministro de Defensa Federico Trillo; JEMAD el Almirante Moreno Barberá y director del CNI el diplomático Jorge Dezcallar.








Jorge Dezcallar

Aznar decidió sumarse a los norteamericanos e ingleses en su segunda invasión de Irak, justificándola al igual que ellos falsamente con lo de las armas de destrucción masiva, pese a todas las pruebas en contra, sólo para darse incienso internacional. Trillo siempre ha sido un penoso individuo, egocéntrico, superficial, cobarde y rastrero, que da grima. El Almirante Moreno era el típico militar “demócrata” de esta época –como el de ahora, Alejandre, y mucho nos tememos que los de mañana–, que llegó a tan alto cargo por no haber dado nunca ningún problema, por saber decir a todo que sí, por no piarlas, por ser ese florero que todos tenemos en casa que lo pongas donde lo pongas siempre queda bien, aunque para nada sirve. Jorge Dezcallar era, en lo personal, un cretino ególatra –siempre preocupado de su “belleza” hasta el punto de que cuando pasaba cerca de algún espejo en el CNI no podía resistir mirarse en él, aunque fuera de soslayo–, en lo profesional, el típico diplomático de voz radiofónica, engolado, experto en canapés y cócteles, que nada sabía de servicios de inteligencia, pero que no supo resistirse a tan mítico cargo, al cual se le aupó por vulgar amiguismo.



Federico Trillo

Aquí tenemos los primeros despropósitos y negligencias. Nos apuntan, Aznar y Trillo, con foto infame de las Azores incluida, a una guerra que ni nos va ni nos viene, para la que no tenemos potencial, injusta, anticonstitucional, de agresión a una nación que ni nos había amenazado ni mucho menos atacado.  El JEMAD se calla, faltaría más, y no se opone con toda sus fuerzas, dimisión incluida. Dezcallar tampoco, ni informa en contra, ni busca información de verdad para evitar la estupidez y calla. Y la maquina, rebosantes de soberbia e ineptitud, se pone en marcha.
El 20 de Marzo, norteamericanos y británicos invaden Irak, y España se prepara para sumarse a las fuerzas invasoras en cuanto canten “victoria”. Mientras, los gravísimos problemas internos de nuestra patria no hacen más que agravarse, sin que Aznar y compañía no sólo no les pongan los contundentes remedios que exigen y eran -y son- de ley aplicar, sino todo lo contrario, alimentan a la bestia.
El 1 de Mayo, Bush dio por terminada la guerra, bien que a falta de detener a Saddam Hussein, así como de acabar con sus numerosos partidarios que, lógicamente, optaban por resistir organizando una dura y cruda guerra de guerrillas, de “insurgencia”, o sea terrorista, máxime con su jefe huido y vivo lo que les daba ánimos y esperanzas, convirtiendo Irak en un caos con cientos de atentados y ataques a las fuerzas “vencedoras”, así como a la población; las fuerzas armadas del país habían sido o destruidas o disueltas o se habín pasado, no pocos de sus componentes, a la “insurgencia”.



gral. Díaz de Villegas

Decretada la “victoria” por el “amigo americano”, en España se ordenó la creación de la Brigada Plus Ultra I, fuerza mixta hispano-centroamericana integrada por 1.300 españoles y casi otros tantos militares de países de Centroamérica y Portugal, puesta bajo mando español. Tal fuerza, en lo que se refiere a España, se formó con elementos de varias unidades muy dispares, sin homogeneidad entre ellas, faltas de la necesaria cohesión, que en un principio se puso bajo el mando del gral. Vicente Díaz de Villegas al que hay que reconocer que hizo lo que pudo, que fue muy poco, para intentar subsanar tan graves defectos de conglomerado tan poco operativo y absurdo.




gral. Cardona Torres

Pero de manera sorprendente, sin que hasta ahora se conozca la causa real, Federico Trillo, en uno de eso arranques de estupidez e irresponsabilidad que siempre le han caracterizado, decidió tres días antes de que la Brigada saliera para Irak –repetimos: sólo tres días antes–, e incluso en contra de la opinión de la cúpula militar, sustituir a Díaz de Villegas por el gral. Alfredo Cardona Torres.
Aquí nuevos y fundamentales despropósitos y negligencias, porque se manda a una zona de guerra –sí de guerra pura y dura, a pesar de que lo negaron mil veces todos, incluso los militares que tragaron con ello–, a una fuerza armada si cohesión, una amalgama informe de pequeñas unidades, mandos y tropa cogidos de aquí y de allí, al mando de un general que no la conocía porque no había participado en su formación, con un Estado Mayor cabreado porque le habían quitado a su general y le habían puesto a otro al que tampoco conocían, etcétera, etcétera. Pero todos gtragaron.
Y más despropósitos y negligencias. Porque aunque varios de los mandos, comenzando por Cardona, tenían experiencia en misiones en los Balcanes, a lo que iban ahora en nada se parecía a aquello, algo que nadie, ni Cardona, ni sus subordinados, entendieron, ni tampoco nadie les hizo entender, porque nadie quería comprenderlo. En los Balcanes, las fuerzas españolas lo fueron de interposición cuando los diversos contendientes ya habían optado por pactar, cuando las mutuas agresiones habían dado paso a la paz, que aunque con esporádicos sustos, estuvo siempre asegurada, por lo que su misión era sólo de vigilancia de dicha “paz”, de llevarse bien con los unos, con los otros, con todos, de reconstrucción, etcétera, etcétera; nada que ver con Irak, por lo que su enfoque operativo, anímico y de todo punto de vista fue desde el primer instante gravísimamente erróneo.



Martín Oar

El 23 de Julio partieron los primeros contingentes de la Puls Ultra I, quedando el despliegue completado el 28 de Agosto en la base de Diwaniya, de la que se hicieron cargo tras relevar a los yanquis, situada a unos 170 kilómetros al sureste de Bagdad. Aviso para buenos navegantes –Cardona y los suyos no lo eran–, fue que el día 20 de ese mes había fallecido el capitán de navío Manuel Martín Oar gravemente herido en el atentado suicida perpetrado el día antes, nada más y nada menos, que contra la sede de la ONU en Bagdad –por ello muy custodiada–, con un total de 24 muertos. Martín Oar trabajaba como adjunto del embajador español en Misión Especial en el Consejo de Cooperación Internacional para Irak.
Junto con el contingente militar citado, se decidió el desplazamiento a la zona de varios agentes del CNI. Uno, como agregado de Información de la Embajada de España, y, ocho más, en apoyo de las tropas.
Y aquí los nuevos despropósitos y negligencias, que conforme descendemos a la zona de “combate” son aún más graves que las ya vistas.
El CNI tenía también experiencia en misiones de “paz” en los Balcanes en apoyo de las fuerzas allí desplegadas en su día, pero lo mismo que ellas, sus misiones lo fueron en una zona en “paz”, consistiendo en tomar contacto con las distintas partes en liza y hacerse “amigos” de ellos para evitar sustos a nuestras tropas; casi, casi, confraternizar con “los enemigos”. Tal misión, en tal situación, fue siempre fácil, porque en realidad tenía muy poco de inteligencia y mucho de mera diplomacia. Ahora la cosa, como ya vemos, en absoluto iba a ser así.
Hubo un aviso previo al CNI de parte del servicio de inteligencia exterior británico en una reunión de cara a lo de Irak, en la que los hijos de la pérfida Albión se dieron cuenta de que los españoles tenían una idea equivocada de lo que era Irak en aquel instante, avisándoles por activa y pasiva de que lo que había allí era una guerra en toda regla, dura y peluda. Consta también que los españoles hicieron alarde de “saberlo todo”, de “su experiencia en los Balcanes”, en fin… de soberbia… de estupidez.
Y, junto a lo anterior, los nuevos despropósitos y negligencias, esta vez de Dezcallar y sus subordinados, que improvisaron todo hasta extremos increíbles. Aquello fue una más del CNI, una de tantas otras, organizadas a la buena de Dios, al tuntún, sin medir las potenciales consecuencias, sin determinar objetivos y procedimientos claros, sin evaluar la situación real, sin tener en cuenta nada, ni si quiera pararse a pensar lo más básico. Se encarga del dispositivo a Alberto Martínez González, comandante de Infantería del Ejército de Tierra, por ser la persona que había estado de “terminal” del CNI en Bagdad –o sea, acreditado ante los servicios de inteligencia iraquíes cuando las relaciones eran normales antes de la guerra–, por lo tanto más que fichado por éstos que, cosas de las guerras, en buena parte se habían pasado a la insurgencia porque lógicamente eran los que más perdían con la caída de Saddam, que por otro lado recordemos que seguía vivo y libre. Más: ¿qué clase de “inteligencia” se puede hacer en un escenario de guerra de guerrillas, de insurgencia, de terrorismo, del que nada se sabe y nada pueden saber ocho pobres hombres perdidos en aquella inmensidad? Además, se persiste en creer –incluso por los propios agentes– que Irak iba a ser como los Balcanes, donde la mano izquierda, la diplomacia soterrada, lo iba a poder todo.


Bernal Gómez

Pasó Septiembre y, mientras las fuerzas españolas navegaban en la inmensidad iraquí, apenas atreviéndose a salir de su base de Diwaniya, sufriendo graves problemas de desorganización, un verdadero desbarajuste, el sargento primero del Ejército del Aire, José Antonio Bernal Gómez, agente del CNI destinado en la embajada española en Bagdad –ya lo había estado antes de la guerra junto con el ya citado Alberto Martínez, y por ello también “fichado”–, era asesinado el 9 de Octubre a tiros en la calle donde se ubicaba su casa, en la que había vuelto a vivir, muy cerca de la Cancillería española, por varios “insurgentes” que llamaron a su puerta, intentando matarle allí mismo, bien que pudo zafarse y salir corriendo sólo hasta tropezar, caer y ser rematado en el asfalto. Todo muy evidente.
Más despropósitos y negligencias fueron las de este hombre –y las de sus jefes del CNI– perfectamente identificable e identificado, viviendo de nuevo como “diplomático”, que poco o nada podía hacer en lo referente a su misión de información, sin medidas de seguridad personal, solo, convertido por todos y por él mismo en un objetivo perfecto por lo fácil; volvemos a insistir en un Irak en guerra; por favor, léanlo en voz bien alta, en GUERRA de verdad, y además de la peor clase, la de guerrillas urbanas, la del terrorismo.
Pues la cosa no sirvió de aviso porque no había, ni en la sede del CNI, ni entre los agentes desplazados en Irak, buenos navegantes.
El 29 Noviembre, tan sólo mes y medio después, siete agentes de dicho Centro morían en la carretera que desde Bagdad conduce a Diwaniya, en el desolado paraje denominado Lattefiya, a unos 30 kilómetros de la capital, cuando se dirigían a la base militar española. Los fallecidos fueron Alberto Martínez González, Comandante de Caballería del Ejército de Tierra –de quien ya hemos ofrecido el perfil–; los Comandantes de Infantería del Ejército de Tierra, Carlos Baró Ollero, José Merino Olivera y José Carlos Rodríguez PérezJosé Lucas Egea, brigada de Caballería del Ejército de Tierra; Alfonso Vega Calvo, brigada de Infantería del Ejército de Tierra; y Luis Ignacio Zanón Tarazona, sargento primero radiotelegrafista del Ejército del Aire. Logró escapar y conservar la vida José Manuel Sánchez Riera, también sargento primero del Ejército del Aire.



Los ocho agentes del CNI

¿Cómo fue la cosa?
El 29 de Noviembre, los agentes regresaban a la base de Diwaniya, donde pernoctaban habitualmente (¿?) después de almorzar en Bagdad, en la antigua casa de Alberto Martínez, tras visitar a varias autoridades en la capital; lo que venían haciendo habitualmente. Alberto Martínez conducía un Nissan Patrol blanco en el que viajaban José Merino, José Lucas e Ignacio Zanón. Detrás, a una distancia prudencial, pero en absoluto suficiente, y a bordo de un Chevrolet Tahoe azul, conducido por Alfonso Vega, viajaban Carlos Baró, José Carlos Rodríguez y José Manuel Sánchez. La ruta era, teóricamente, menos peligrosa por ser secundaria, bien que si se observa la zona tal cosa no es tan cierta como se ha dicho.
Sobre las 15,25h., a la altura de Latifiya –una zona toda ella dominada por los insurgentes calificada de especialmente peligrosa–, un vehículo berlina de color blanco se coloca detrás del convoy de los españoles. Acelera, les sobrepasa y sus ocupantes abren fuego con sus kalashnikov contra ellos, primero del vehículo que va más retrasado, matando a su conductor, Alfonso Vega, para seguir de inmediato y matar al del primer automóvil, Alberto Martínez, además de reventar las ruedas de los vehículos; que la distancia entre ellos era inadecuada por escasa para tal desplazamiento y que no iban vigilándose los unos a los otros explica que tras hacer fuego contra el vehículo trasero pudieran los “insurgentes” alcanzar al primero sin que de parte de él hubiera reacción alguna. Ambos vehículos pierden el control y terminan estrellándose quedando separados. El coche atacante se marcha del lugar a gran velocidad.
Los agentes salen como pueden de los vehículos y se parapetan. Tratan de contactar a través de los dos teléfonos satélite que portaban con la base de Diwaniya para pedir apoyo de helicópteros, pero sin éxito –la base tendría en todo caso a su vez que haber pedido tal apoyo a los yanquis–, logrando hacerlo muy brevemente y con malísima calidad con Madrid, sin poder llegar a facilitar los datos del lugar en que se encontraban porque la comunicación se cortó en seguida; de todas formas, en tan extrema situación, poco o nada hubiera podido hacerse desde allí.
De inmediato reciben nutrido fuego de AK-47 y algún disparo de lanzagranadas desde dos edificaciones que había cerca de donde se encontraban; lo que demuestra que el ataque estaba preparado de antemano. Aunque los agentes respondieron al fuego, al estar sólo armados con pistolas, de poco les sirvió, porque la desventaja era total en todos los aspectos. Irían cayendo uno detrás de otro.
En un momento dado Carlos Baró gritó a José Manuel Sánchez “¡Ve a buscar ayuda!”.  ¿Por qué? ¿Vio que tenía posibilidades de escapar por la situación que ocupaba? ¿Fue aprovechando un receso en el tiroteo? El caso es que Sánchez logró alcanzar la carretera, intentó parar un vehículo que pasaba por ella encañonándole con su pistola, la cual, al intentar hacer fuego, una vez que el vehículo deshoyó sus requerimientos, se encasquilló y no pudo disparar.



Uno de los vehículos de los agentes

De inmediato, Sánchez fue alcanzado por un nutrido grupo de civiles de la zona que habían acudido a contemplar el “espectáculo”, los cuales comenzaron a golpearle, le quitaron el cinturón intentando atarle con él y pretendieron meterle en el maletero de un coche para llevárselo prisionero, tirándole una y otra vez al suelo, tantas como él intentó zafarse de ellos. En esas circunstancias, se destacó de la turba un hombre con aspecto, al parecer, de religioso, que besó en la majilla a Sánchez, logrando con tal gesto que la turba depusiera su actitud y se alejara. Sánchez aprovechó el momento, logrando montarse en un taxi que pasaba por allí, en el cual se dirigió a la comisaría de policía iraquí más cercana que estaba a unos doscientos metros del lugar de los hechos; sin que de ella hubiera habido reacción alguna en favor de los españoles. Reunió un puñado de agentes y regresó al lugar de los hechos. Para entonces el panorama era desolador. Un equipo de televisión norteamericana grababa cómo los cadáveres eran destrozados por una turba de civiles encolerizados. Los coches de los agentes ardían.
Ahora los despropósitos y negligencias del CNI, incluidos los de los propios fallecidos. La labor de los agentes en las circunstancias de Irak en aquel momento, en una zona de guerra tan informe y descontrolada como aquella, poca o ninguna podía ser, por lo que, de entrada, estaban en el lugar y en el momento equivocado. Los agentes pernoctaban en la base española, iban y venían a Bagdad desde ella, luego era fácil identificarlos y prver sus movimientos, aumentando todo ello su vulnerabilidad; lo hacían con los mismos vehículos; en las mismas circunstancias; todos juntos; por la misma carretera “secundaria”, en realidad paralela a la autovía principal visible desde ella. Sus gestiones en Bagdad eran de sobra conocidas, pues habían intentado llevar a cabo la labor encomendada que no era otra que la misma que se había realizado en los Balcanes, es decir, intentar confraternizar con el enemigo, sólo que esta vez éste lo era de verdad, no como en aquella región de Europa. Para estar en una zona de guerra, de guerrillas, de terrorismo, viajaban en vehículos sin blindar; sin reforzar su potencia; sin más armamento que pistolas; sin aparatos de comunicación adecuados –fallaron cuando más falta hicieron–; sin protocolos de emergencia directos con los yanquis –los únicos con medios aéreos que podrían, sólo tal vez, haber podido evitar en algo el desastre–; sin tomar precauciones como la de nunca viajar todos ni juntos y separar los vehículos a gran distancia, jamás aparecer por la base española y otro largo etcétera que no reseñamos para no alargar este análisis. Sin duda eran blanco fácil para cualquiera y… jugoso; por ejemplo para los ex-miembros de los servicios de inteligencia iraquíes, antes sus “amigos” pero ya no.
Después de lo dicho, los motivos por los que José Manuel Sánchez fue salvado por el enigmático personaje dan igual. Pudo deberse a un milagro –que haberlos haylos– o a simple baraka; las cábalas hechas sobre ello de nada han servido. La detención de un traductor utilizado habitualmente por Alberto Martínez, al que se acusó de haber señalado a los agentes, y su corto paso por la cárcel, menos aún; durante tres días lo interrogaron varios agentes del CNI, polígrafo incluido, insistiendo él en negarlo todo; los agentes tuvieron que defenderse de sus acusaciones según las cuales le habían dado “bofetones y empujones, así como proferido amenazas”. Puesto en libertad sin cargos, el Ministerio del Interior español le prohibió entrar en Europa, por lo que no se le pudo detener aquí… ni hubiera servido para nada, ni tampoco el CNI fue a… “visitarle” a Irak nunca… ya me entienden; indignante y repugnante espectáculo “democrático” a pesar de tener siete cadáveres sobre la mesa; así nos tomamos… la guerra.
Como hemos visto, de principio a fin, todo un cúmulo de despropósitos, de negligencias, de todos, por desgracia, incluidos, los propios fallecidos.
¿El epílogo? Varios.
El CNI dio órdenes contundentes de que desde ese mismo instante sus agentes fueran escoltados por las COE,s o la Policía española. ¿Y cómo actúa o para qué sirve un “agente de inteligencia” cuya labor, si es que es necesaria, debe ser secreta, discreta, etcétera, rodeado de una escolta de “gorilas”?
El CNI erigió un penoso y patético monumento en su jardín en memoria de los fallecidos.
Nadie del CNI asumió responsabilidad alguna por lo acaecido. Tampoco Dezcallar, ni Trillo, que en recompensa sería nombrado embajador en Londres.
El Gral. Cardona, jefe de la Plus Ultra I, y del dispositivo en Irak en ese instante, llegó a Teniente General.
Pocos días después, en el mes de Diciembre, y de prisa y corriendo, debido al desbarajuste de la Plus Ultra I, tal unidad fue sustituida por la Plus Ultra II mandada por el Gral. Fulgencio Coll, cuya unidad madre era la División Mecanizada con base en Extremadura, mandada por el Gral. Pérez Alamán; la cual, tras el acceso al poder a caballo del 11-M –y de sus muertos– de Rodríguez Zapatero en Junio del año siguiente, 2004, fue retirada de Irak.
Nadie, ni políticos, ni militares, ni sus compañeros, pujaron con ahínco porque se concediera a los fallecidos el homenaje y las recompensas que, en buena lid, por haber dado su vida en acto de servicio en guerra, les correspondían.
José Manuel Sánchez fue mantenido por el CNI en discreto “alejamiento” durante mucho tiempo. Hoy es miembro de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (¿?). Hace un par de años salió a la palestra en un acto de la AVT en Valencia, dijeron que “arropado” por el actual director del CNI, el gral. Sanz Roldán, pero dio más la impresión de que en realidad Sanz estaba allí para controlarle, no fuera a decir algo inconveniente. Los datos que, lógicamente, sólo conoce él, nunca se han hecho públicos, como tampoco los resultados de la investigación que, suponemos, llevó a cabo el CNI.
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